"Chemkara". Así se llama cruelmente a los niños de las calles. Cuando la gente se acuerda de su existencia. Una palabra y una actitud que, solos ellos, afectan a la credibilidad de un país que quiere ser solidario. Están en la calle desde hace algunos meses o algunos años y para mucho, es el único refugio. Huyen la violencia y la miseria, pero la encuentran de forma peor en la calle hay violencia y miseria. En ausencia de una política eficaz para ayudarles, la solución tarda en venir. En compañía de un profesor de Bayti, islote de esperanza al cual mucho de ellos se cuelgan, les encontramos. Reportaje. Por Maria Daïf

Jueves 10 de octubre. Delante del Hyatt Regency. Coches de lujo, móviles nuevos, trajes tres partes, sastres ajustados. Taxis colectivos que llegan de los barrios populares, autobuses desvencijados, mendigos. Estamos al corazón de Casablanca. La ciudad hierve. Está en todos sus estados: lujosa, miserable, fastuosa, pobre. A la imagen de todo el país.

Las 10 de la mañana. Cita con Omar Saâdoun, profesor en la asociación Bayti. Alrededor de un desayuno, debate sin ton ni son. Sobre Bayti, asociación que se ocupa de los niños de las calles y "que rompe completamente con las estrategias actuales del Gobierno". Sobre su trabajo de profesor que ejerce desde hace 5 años "con convicción pero sin ningún estatuto ni reconocimiento". Sobre los niños de las calles: "había acompañado a un periodista español in situ." Una vez su trabajo terminado, me dijo que si no se hiciera nada, en diez años, las calles de Casablanca se asemejarán a las de Río de Janeiro. "La hora es grave y nadie se da cuenta, ni la opinión pública, ni  los responsables".

Hoy, en el marco de las actividades propuestas por Bayti a los niños, un partido de fútbol está previsto a las 11h sobre la cornisa. El teléfono de Omar suena: "Antes de de ir sobre la playa, es necesario que una vuelta por la avenida de los FAR". Allí, una mujer nos espera. No está sola. Sentada sobre el umbral  de una agencia de viajes, cuatro muchachos. Primer contacto. Primer choque. Choque de una mirada, que generalmente no se retrasa sobre estas caras. Caras de niños de 14 ,15 y 18 años. Andrajosos, oliendo el pescado, ellos tienen los ojos bajados. Souad, la mujer quien les encontró está muy exaltada. Habla, aún y aún. A Bayti y a FDM: "merodean a menudoen el barrio." Les abordé, porque me dan tanto piedad. No se puede permanecer sin hacer nada. Me dijeron que querían ir a Bayti. Pasan la noche al puerto. Mire que lindos son, es tan triste. Es necesario que alguien se ocupa ellos, que se les ponga en un  centro especializados". Luego, ella dice a los cuatro muchachos: "es necesario que vuelvan a sus casas. Prométenmelo. Prometenme portarse como hombres ".Uno por uno, les abraza y les da besos afectuosos. Apenas se fue, los muchachos se rien, les dejó rastros de rojo a labios sobre las mejillas. Omar se dirige hacia ellos. Conoce tres de ellos, el cuarto, más viejo, es un nuevo: ¿"Quieren realmente incorporarse a  Bayti?Cuánto veces me prometieron ser regulares, asistir a las actividades y desaparecen cada vez ". El más joven responde: "Omar, no puedo ya. Estoy cansado de vivir en la calle. Tengo frío por la noche. Estoy harto de los policías, de esa vida chunga ". Omar parece acostumbrado a esta clase de observación. Les da unas monedas: "Tomen el autobús y nos juntamos en Aïn Diab, al lugar habitual". Desaparecen a la vuelta de una callejuela. Me pregunto si vendrán...

11h30. Aïn Diab. Cambio de ambiente. Tres de los muchachos están allí ya, en la playa, vestidos con chaquetas amarillas y verdes, corriendo después de la pelota y encuadrados por dos profesores. No hay otros muchachos en vista. Uno de los profesores explica: "Hoy, hay huelga de los transportes. Los otros tendrán dificultades para venir. Normalmente, son una veintena ".

Una playa entonces. Niños que gritan, que se ríen, que le dan vigorosamente a la pelota. "Queremos que quiten sus vestidos sucios, si no, todo el mundo les observaría como animales curiosos". Omar habla con Adil ; él, no participa. Me acerco, tímidamente. Adil se calla, baja los ojos. Omar lo tranquiliza: "Puedes hablar. Trabaja con nosotros ".

Entonces la conversación entre Omar y Adil sigue : - "¿Que es lo que haces en la calle?"."Me peleé con un amigo del barrio y me huí. Tuve miedo. Le di un golpe de cuchillo. Hizo lo mismo". Allí, levanta su jersey y nos muestra su espalda. Una cicatriz señala el lado izquierdo de su espalda. "Hay!", comenta Omar. - "¿No quieres volver a tu casa?" - "Si, lo quiero. Pero no con estas prendas sucias y rasgadas. No quiero que mis padres me vean en este estado". -"Vendrás con nosotros al taller, voy a ver lo que se puede hacer."

Adil tiene 18 años, la espalda encorvado y los ojos a menudo bajados. Habla muy poco. Ha ido a la escuela, durante un primer año en la enseñanza primaria. Sus padres demasiado pobres no pudieron  pagar más su escolaridad. Muy joven, solía pasar su tiempo en la calle. Hoy en día, está en la calle desde hace dos meses. "Eso pasa así muy a menudo. La calle atrae mucho los niños. Comienzan para pasar todo el día así, errando aquí y allí y terminan viviendo en la calle para huir unas condiciones de vida familiar muy difíciles ". "Kan' tkoukt", continua Adil. Un término que utilizan los niños en su caso para designar su trabajo al puerto: "Echan unas manos a los pescadores quienes les explotan para casí nada. Pero eso les permite alimentarse o comprarse su pegamento ". Un término que forma parte del vocabulario de la calle, como el que designa la mendicidad "J’qir", a la cual se dedican a menudo.

Abdelghaffar, 14 años, se suma a nuestra conversación. Pido a Omar seguir preguntando las cuestiones, dado que no se estableció todavía la confianza: "Instaurar la confianza, es la parte fundamental de nuestro trabajo. Un trabajo de largo aliento. Estos niños no confian en nadie, visto el universo despiadado en el cual evolucionan". Abdelghaffar es muy joven. Demasiado joven. Un pequeño muchacho con los ojos verdes y el pelo castaño que huyó de un padre alcóholico y violento, del cual no quiere hablar más. Su "No" a la vuelta al domicilio parental es categórico. La calle le acoge. Allí duerme, allí sobrevive. Toma la postura para el fotógrafo. Su cara está llena de cicatrices. Sonríe y su cara se ilumina. Una sonrisa de niño. De niño simplemente. "Tenía mucho más energía antes.  Le encanta el fútbol. Pero la calle destruyó su salud ", me confía Omar." El partido sigue: "Estos niños tienen que alejarse de la ciudad, del hormigón, para respirar un aire fresco. Nuestro sueño a Bayti es tener una explotación en alguna parte en el campo para permitirles romper con la calle. Pero los medios faltan ". Al lado, otros jóvenes juegan al fútbol. Los unos no se mezclan con los otros. A cada uno su partido. A cada uno su vida.

12h30. El Hank. Varios niños están  reunidos en una habitación. Sentados en unos bancos, discuten entre ellos, se ríen, escuchan a los profesores hablarles del Salón del Libro. El lugar pertenece a los "scouts populares", una asociación del barrio que lo presta a Bayti. Hoy, están aquí unos pequeños scouts y  cuatro niños de la calle. Los primeros no tardan en ir. Los cuatro otros permanecen. Hoy, fueron al hammam. Si vienen al taller, es para participar en las actividades propuestas por Bayti: teatro, trabajos manuales, debates temáticos... Algunos, se volvieron regulares poco a poco. Otros vienen cuando pueden. Cuando quieren: "No es evidente enseñarles la disciplina. Además, en Bayti, no se fuerza a nadie. Estos niños ya no están acostumbrados a que alguien se les dicta su conducta. Si vienen aquí, es que lo desean de verdad", explica Omar.

Mourad, 14 años, Nabil, 14 años, Abdessamad, 16 años y Ahmed, 18 años, llevan ropa limpia. Son niños de las calles. Como se suele llamarles ahora. Niños de las calles. Es todo lo que se sabe de ellos, cuando uno les cruza al semáforo y remonta el cristal. Cuando uno les da un dirham o dos sin observarlos. Sin saber de dónde vienen. Hoy, Abdessamad y Ahmed  van a volver al domicilio parental, pero Mourad y Nabil, los más jóvenes, duermen aún en la calle. Nabil explica: "Anoche, se alguien me quemó la pierna mientras dormía para robarme mi dinero." No dice más, ni sobre él, ni sobre las condiciones que le llevaron a vivir en la calle. Pero cuando se habla de "Ali Zaoua", no se detiene ya. Habla de la película, la historia, su relato está puntuado de réplicas que conoce de memoria. Historia que por una parte, es un poco la suya. Hoy, su héroe es "Boubker", el niño terrible de "Ali Zaoua". Nabil y los otros cuentan su propia historia. Historias de miseria, de niños cuyos padres paran la escolaridad por falta de medios, niños que venden de la mika o los cigarrillos al detalle y que participan muy pronto a alimentar toda la familia. Historias de niños pegados también, consecuencias de unas familias en falta de referencias, porque viven en la pobreza más absoluta. Niños agarrados bruscamente por la calle. Ahmed, un poco presumido como  suele ser a veces a su edad afirma : "Estuve en la escuela durante dos años. Paré porque mi padre no tenía dinero. Empecé vendiendo cigarrillos al detalle. Conocí el dinero, la libertad, los largos días con los amigos, la vida en la calle me gustó, me quedé 6 años en la calle. Al final, volví a mi casa porque no podía más huir de los polis."" Tiene miedo de los polis, porque hoy, el vagabundeo es aún un delito condenado por la ley. Ahora, los centros de protección de la infancia están lle nos de niños de la calle, cuya única culpa es haber huido la miseria y la violencia. La única alternativa es la calle. Ahmed no duerme ya al puerto. Volvió a su casa y participa regularmente en las actividades de Bayti. "Pero sigues metiendote", le recuerda Omar. "Estos niños no dejan la calle de repente. La calle les ofrece lo que sus padres no pueden darles: la libertad, el dinero, los amigos, los juegos, el pegamento ".

15h. Centro. Omar me propone dar una vuelta por la ciudad, enseñarme algunos territorios de niños. Lugares que todos conocen, dónde se sienten en seguridad, donde duermen por la noche. Callejuelas anodinas de una gran ciudad el día, pasan a ser por la noche, los dormitorios improvisados para niños de las calles. Pasos, callejuelas sucias, umbrales de panaderías "para el calor" y de edificios dilapidados, terrenos vacíos, obras, es allí donde buscan refugio. Dónde se protegen de la lluvia, de las inclemencias del tiempo, des las tedadas: "Me tomaron los polis con ellos por lo menos cuarenta veces. La madera no entiende porque se se interesa a estos niños. Afortunadament la cosa está cambiando. Hay premisas de colaboración. La policía no consigue hacer todo su trabajo. No hay más sitios en los centros. Se ven obligados a aflojar las reglas." Bordeando un gran bulevar, una de las vías más conocida de Casablanca, una mampara en madera pinta en blanco oculta una terraza. Sobre la terraza, un mundo a parte. Es aquí uno de los territorios de los niños de la calle. Allí duermen, allí se meten cola, allí viven. Me cuesta creerlo porque pasé muchas veces por allí, como cientos de habitantes de Casablanca lo hacen todos los días,turistas u otros. Observo hacia la terraza donde surgen niños por todos los lados. Se escuchan insultas, violentas. Curiosos, proprietarios de tiendas intentan entender lo que está pasando. "Oulad Lhram", dice uno, "M’ saken", le contesta un otro. Una trifulca estalla. Chorros de piedras, palabrotas. Una decena de niños saltan de la terraza. Intercambios de patadas. Palabrotas de nuevo. Violencia. Ferocidad. Cólera. Furia. De esta violencia, Najat M’jid nos dirá: "No es inherente a la calle, que no hace más que canalizarla. Estos niños nacieron en un ambito violento". Se defienden, defienden al vecino de calle, defienden a su territorio. Omar interviene. Los niños lo conocen. Lo respetan. No quieren hacer mala figura ante él. Entramos en una callejuela, uno de los niños con nosotros sustenido por Omar. Tiene la nariz sangriente, el labio partido y la mirada en el vacío : "es el efecto del pegamento. Se desconectan completamente de la realidad y a veces, no realizan lo que está pasando exactamente." Salidos de la callejuela, otros se juntan con nosotros. Aquéllos son más viejos. ¿Cómo describirlos sin caer en el fisgoneo? En el pesimismo y la compasión. Les vemos todos los días en las calles de Casablanca. Pero cambiamos de acera para no verlos bien. Hacemos un movimiento de retroceso. Jóvenes perdidos. Sin referencias. Al margen de todo, viviendo aquí y allí al final de una calle, un trozo de vida. Desde hace 6,.8 ó 10 años: "Aquéllos son los más duros, los más agresivos, con los cuales el trabajo es el más difícil. La calle es su casa, su lugar de trabajo, su mundo. Aquí están, y para muchos de ellos, aquí permanecerán "." Una conversación empieza entonces sobre "Ali Zaoua", que han visto esta mañana, en una proyección ofrecida por Nabyl Ayouch. Para ellos. Planteo cuestiones. Apenas me miren. Hablan con Omar: "¿Ali Zaoua? No tiene nada que ver con la realidad : el haqiqa". Acta innegable, menos complaciente que el de los niños pequeños. Omar pide noticias. Todo va bien. Uno de ellos saca de sus bolsillos un trozo de papel, sucio y doblado.Escrito, un número de teléfono. El de Omar. De Bayti. Que guarda en caso de urgencia. Un trozo de esperanza. Un trozo de vida.

18h. Un café adelante de Casa-Puerto. La noche cae. Fuera, delante del café, niños abordan las guías, pidiendo limosna. La conversación con Omar se anima de nuevo : "Bayti no es un hogar de recepción. Es todo un programa de actividades que tiene en cuenta el hecho de que, para estos niños, la calle es una elección, que se hizo, es cierto, por la fuerza de las cosas. Nuestro objetivo consiste en intentar extraerlos proponiéndoles otra cosa, poco a poco. Nuestro objetivo consiste en primer lugar en revalorizarlos porque perdieron toda consideración de sí-mismo. Si no, la reinserción no es posible. Les proponemos formaciones para los que los quieren. No hacemos ningún planteamiento sin su acuerdo. Intentamos convencerles y no forzarles. Evitamos los discursos moralizadores, que rechazan en cualquier caso. No contactamos los padres si no manifiestan la voluntad. Les tratamos con respeto. Es un trabajo en asociación que hacemos con ellos".

Fuera, tres adolescentes proponen paquetes de chicles a los turistas. Omar comenta: "se observó a Bayti que el número de muchachas en la calle aumentó con relación a los años anteriores. Vender chicles o flores es una cobertura para ellas. Muy jóvenes, son prostitutas. Explotadas sexualmente. A partir de 22h, los bulevares de Casablanca acogen muchachas que tienen entre 12 y 18 años. Las muchachas, es una otra historia. Aquélla, entre otros, de la prostitución de las menores ".

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Cifras

Con respecto a las cifras relativos a los niños de las calles, en primer lugar contactamos la Dirección de las Estadísticas. Allí, nos contestan  muy convencidos: "las estadísticas se hacen en las unidades familiares localizadas pues como no se localizan a los niños de las calles en el espacio. No tenemos censo que les concierne ". Es decir en otros términos, que los niños de las calles no forman parte de la población marroquí, porque están en la calle. Es una situación intolerable. Contactamos a continuación el Ministerio de Juventud y Deportes, del cual dependen los centros de protección de la infancia y que hoy, abundan de niños condenados para vagabundeo. No hay cifras sobre los niños de las calles. Llamamos entonces el nuevo Ministerio encargado de la Condición de la mujer, la Protección de la familia y la infancia y la Integración de los minusválidos. De golpe, se nos responde: "Nadie puede darles cifras exactas a esta observación, por la simple razón que no existen. Algunos comunicaron cifras asombrosas, que dan una mala imagen del país". Insistimos y allí se nos dice que el Ministerio efectuó una investigación no exhaustiva pero que las cifras son aproximadas. Bien. ¡Que no se viene entonces a hablarnos de toma de conciencia en cuanto al problema!

Fuente: Femmes du Maroc n°60, dic.2000

Pueden también encontrar también este artículo y más información sobre los niños de las calles en Marruecos sobre el sitio web de Bayti, asociación amiga de Atletas del Mundo.


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